Universitat de Barcelona.
El presente texto fue originalmente publicado en el periódico Folha de São Paulo el día 14 de junio de 1996.
En 1983, cuando colaboraba regularmente con el periódico Le Monde, recibí el encargo de una materia sobre la actualidad de la edición brasilera y sobre los escritores de mayor expresión del momento. Vivía en Francia hacia ya mucho tiempo y no estaba bien al día de las novedades en ese ámbito. El proyecto era relativamente importante: deberían ser artículos diversos, que acabaron tomando dos páginas enteras de aquel periódico. Fui entonces enviado al Brasil por un mes y traté de enterarme del asunto junto a universitarios, editores y periodistas. Del punto de vista de las novedades literarias, el panorama parecía triste: algunos nombres consagrados, pero sin producción; una vanguardia envejecida y desdentada, con ademanes de jovencita mordaz; una tradición acomodada, de inspiración perdida y de gusto recalentado. Nada causaba entusiasmo, y las recomendaciones de libros, obtenidas aquí y allí, decepcionaban repetidamente. Hasta que Roswitha Kempf, que en la época poseía una pequeña editora, me pasó un volumen admirablemente concebido y publicado por el editor Massao Ohno. Era Da Morte: Odes Mínimas, de Hilda Hilst.
Fue un descubrimiento sorprendente y emocionante. Se trataba de la más alta poesía. Busqué otros libros del mismo autor: todos rebelaban esa calidad intensa de los grandes escritores.
Me sorprendí con el hecho de que una obra tan importante estuviese casi en la penumbra, sin el reconocimiento que le era debido. Por eso, al volver a Francia, concluí mí articulo subrayando la elevada calidad de esos textos y evocando, si recuerdo bien, a la discreta Hilda Hilst, que moraba en una parcela cerca de Campinas (Estado de São Paulo).
Supe mucho después que algunos amigos hallaron graciosa esa idea de recato que yo tuviera con Hilda Hilst; como constaté más tarde, ella era malhablada y capaz de crear los más prodigiosos desagrados en los salones bien-pensantes que ella por cierto bominaba. Más aún, descubrí que su reserva no venia, como yo suponía, de una elección personal: consciente de sí y del valor de su obra, Hilda Hilst, al contrario, resentía vivamente encontrarse marginada.
De ese tiempo a esta parte, ella comenzó una operación destinada a ampliar su público, que se reveló eficaz. Invirtió en la escrita de algunos libros eróticos, divertidos, destinados al escándalo. Ellos, en tanto, no la hicieron abdicar de sí. Pues integran un modo de ser poético que reitera, en configuraciones diversas, la misma asustadora profundidad de sus libros anteriores.
Recientemente, su libro Cantares do Sem Nome e de Partidas retoma un camino de meditación. Son diez poemas cortos que se encadenan, formando núcleos que adquieren una casi autonomía, pero cuyo sentido mayor se da en la relación que mantienen entre sí. Creo que su efecto más inmediato es la conmoción: este libro absorbe al lector desde los primeros versos en un flujo de pulsiones desde donde no se sale incólume. Hilda Hilst no hace parte de la familia de escritores que se detiene en las palabras, que las graban como orfebres, que las ajustan como piezas de relojeros, al modo de Racine o Flaubert, Machado de Assis o Bilac. Ella carga sus frases de una dinámica móvil, ritmadas por una fuerza a un tiempo natural y poderosa, fruto de una escrita que brota fecundada por la necesidad inmediata de escribir: eran así Stendhal, Dostoievski, Victor Hugo o Proust.
Su poesía -pero su prosa también- llega hasta la medula de nuestros destinos. Ella siempre toca en aquello que somos, más allá de las palabras, más allá de las éticas y de los valores. Hilda Hilst es una hechicera, antes, es pitonisa: sus versos misteriosos nacen de una embriaguez divina que nos hace entrever lo esencial de aquello de lo que nos olvidamos. Cosas que transformamos en ausentes y que pertenecen, de modo justo, al sin nombre, como dice el título de su libro.
El mejor modo de leerlo es ir hasta el fin y volver, y volver otra vez. Es preciso que nos embebamos de él por la repetición. Es un texto encantado y mágico, resistente a los análisis que descascaran o las teorías que generalizan. Las palabras poseen allí alguna cosa de palpable y de espeso. Poco a poco nos persuadimos de esa metafísica que se inicia en la amalgama que a veces llamamos de impuro y de material, de nuestro orgánico ser:
Costilla, hueso, algunas veces es todo lo que se tiene.
Piensas de carne la isla, y majestuoso el hueso.
Y piensas maravilla cuando piensas anca
Cuando piensas ingle piensas goce.
Hilda Hilst canta a nuestras entrañas, a nuestros órganos, a nuestra piel, a nuestro esqueleto. Es como si cada uno de ellos poseyera un alma en la materia de la que son hechos, inclusive los más ínfimos, inclusive los más obscenos. Ella canta también a las funciones vitales que nos hacen vivos y al mismo tiempo perecibles.
En tanto, la percepción del cuerpo nunca se limita a sí misma. Por eso el erotismo de Hilda Hilst, por más gracioso que a veces se muestre, posee una naturaleza propiamente ontológica. De él parten las señales y los sentidos. Desde él se transfigura aquello que nombramos, torpe e incompleto por falla congénita de los conceptos, amor, sufrimiento, muerte, creencias y también angustia. De él parten los misterios ásperos que nos envuelven continuamente y de los cuales fingimos siempre, de modo tan patético, ignorar su existencia. Misterios a los cuales intentamos dar un nombre, para tranquilizarnos, pero que la sacerdotisa implacable impide: Pertenecerle es no tener rostro. Es ser amante de un Otro que ni nombre tiene. No es Dios ni Satán. No tiene costilla ni hueso. Hende sin ofender.
La materia se transforma en el sentido más fuerte de destino, en la percepción del ser. Ella se interroga sobre el tiempo, sobre lo que pasa, lo que se prolonga, lo que vuelve. Ella nos lleva a sentir la muerte como la ausencia, y comprender, perplejos, la muerte en nosotros, percibida rápidamente por una división estrecha:
El Nunca Más es solo media-verdad:
Como si vieses el ave entre el follaje
Y al mismo tiempo no.
(...)
No es cuervo o poema el Nunca Más.
Sería fácil rotular los versos de Hilda Hilst de místicos. Ellos no nos llevan, entretanto, a divinidad alguna - se trata antes que nada de una búsqueda de ciegos. Traen los limites de nuestra frágil condición, hecha de materia que se quiere sentido, y la belleza cDEFANGED_Onmovedora donde se engendra una sabiduría situada más allá del saber: ¿Conocimientos? Olvidé. ¿Libros? Perdí.
Hilda Hilst exige de nosotros la meditación y el tiempo, el recogimiento y el retorno, cosas raras en esta época en que los artistas se encuentran sumergidos en confusiones culturales, concepciones demagógicas y frivolidades periodísticas. Sus obras, por lo que son, se constituyen en refugio y consuelo. Estos Cantares rebelan la posibilidad de la creación verdadera y densa, en tiempos de miseria cultural. Son cantos órficos, que recobran a Eurídice perdida - Que este amor no me ciegue ni me siga -, que celebran los poderes del poeta delante de la muerte - Canta! Aunque se deshagan costillas, trillas.../ Canta el comienzo y el fin -, limitados por tanto, delante de la serpiente más fuerte, oscura y clara, negra y transparente. Mito de Orfeo que es retomado en clave más grave: no solo amor es muerte, por el hecho de poseer, sin que la mirada se vuelva a contemplar el objeto amado a la distancia. Objeto al mismo tiempo presente y ausente: verlo es, al mismo tiempo, apropiarse y destruirlo. Falta solamente, dentro de nosotros, el Estigio (río del infierno) que intentamos siempre atravesar:
Saberse pertenecida es tener más nada
Es tener todo también.
Es como tener el río, aquel que desagua
En las infinitas aguas de un sin-fin de ningunos.
Aquella que no te pertenece no tiene cuerpo.
El poeta intenta la travesía para la muerte y con él seguimos el camino del amor perdido, del amor apartado, del amor contenido y mudo. Revelados por la poesía, la muerte y el amor, hechos de polvo porque hechos de cuerpo, se eternizan nuestros ímpetus de perpetuar la Duración. Hilda Hilst busca en la esencia la materia de sus palabras.
-. envio leo lobos